Crónica II: ‘El Mosco’ de Ciudad Bolívar (segunda entrega, versión extendida)

➠ Click aquí para ver la PRIMERA PARTE de ‘El Mosco’

El hijo de 'El Mosco' con su visor particular.

El hijo de ‘El Mosco’ con su visor particular. Foto en Ciudad Bolívar, Colombia. Bromean con que en vez de agujeros, aquí las calles tienen auténticos cráteres / Millán I. Berzosa

votar

Ponemos rumbo a la casa de doña María, que hace de guía, sentada en la parte de atrás de un pequeño auto coreano, de esos que lo aguantan todo. A su izquierda viene Hamilthon; encima de él, la pequeña Jari. Al otro lado, detrás de mí, está Dora. Y encima suyo, Jhonattan Felipe. Al volante, El Mosco.

Comienza Villa Gloria, en la zona de El Lucero, —donde están los pillos más duros —previene El Mosco—. Nos dirigimos hacia San Pablo. Pasamos por parqueaderos de buses, de esos que muchos bogotanos ni saben de dónde parten. Y vemos vertidos. Y mucha basura. Hasta llegar a un lodazal con restos de envases, plásticos, una llanta…

—Hace años veníamos aquí a nadar —a lo que era un arroyo, recuerda Dora—. Había además unos pozos y el agua iba hasta arriba y limpia.

Llegamos a la casa de doña María, en la cola de la montaña, con mucha humedad. El olor es intenso. El Mosco accede al interior. Fuera se quedan los niños y Dora, viendo desde lo alto la ciudad y a unos muchachos que, a lo lejos, izan cometas.

Interior de infravivienda. Doña María, junto a una pared con humedades

Interior de infravivienda. Doña María, junto a una pared con humedades / M. B.

—Vea esta pared cómo es por dentro. Todo esto, cuando llueve, se pone bien feo. No he hecho sino rellenar formularios, pero nada. Nadie ha hecho nada por mí. El único que ha hecho es mi Diosito.

Al subir, por una escalerita, se escucha un televisor —siempre presente, así falten suministros como el gas, o el agua caliente; a la TV no se renuncia aquí—. Al fondo, una mujer acostada, con unos gatos, en una cama grande: Sandra Real. Al principio es reacia a hablar. Tiene 38 años, está en paro y con una carta de desplazada, en espera de alguna ayuda. Tiene dos hijos de 14 y 15 años.

—De uno no sé nada. Se fue para las calles, a consumir. El otro está mejor en Bienestar Familiar, del Gobierno, porque me quería coger las calles igual. Mejor así, antes de que pase lo peor. De todas maneras si se vuela, llegará a mi casa.

—¿De dónde tuvo que salir?

—Del departamento del Meta, allá por los llanos, al lado de Villavicencio —huyó de la guerrilla de las Farc, por un lado, los exintegrantes de la Erpac, de otro; y en tercer lugar, del Ejército—. Tengo la columna desviada tres discos y esperaría ayuda humanitaria. Nunca tuve estudios y toda la vida he sido una manteca. Y a uno le ponen a hacer fuerza: que cargar una olla, por ejemplo.

Escaleras de acceso

Escaleras de acceso / M. B.

De pronto viene otro tipo, joven, con ojos vidriosos: el Ketchup. Y la charla gira hacia España por el fútbol, el Real Madrid y el Barcelona. Y el tema de las chicas.

—Venga para acá que yo sé que usted no me va a despreciar una cosa —dice Sandra, para ofrecer unos tragos de ron—.

—Dime con quién andas y te diré quién eres. Usted está acá muy recomendado o sea que nada le va a pasar —dice el Ketchup, a la vez que señala a El Mosco, mientras nos despedimos—.

—Ahí viven en una vaina infrahumana muy verraca. Uno, gracias a Dios… pues bien gracias a Dios —musita El Mosco—.

Antes de partir, subimos a una pequeña ladera, que nos coloca a los pies del barrio El Paraíso, con una vista espectacular de la ciudad.

✺✺✺

De vuelta a Sauces. Los Callejas, pese a los cortes de luz mediantes en su garaje, muestran, como prometieron, cómo se hace una basecama. Y sacan una ya terminada y, de noche, en la calle, a la luz de las farolas, se suben en ella para mostrar su resistencia. Hasta hay quien pide precio. Acto seguido, me vuelvo para la casa de El Mosco. Subo, y junto a su mujer, me dice:

—Uisss, es que mi vida ha sido bien dura. Abandoné los estudios a los 11 años. Trabajé de ruso —en la construcción— desde bien chiquito y estuve mezclado en drogas. Luego ya fui conductor de bus y taxi.

Desde el taxi

Desde el taxi / M. B.

E incide en que me fije en su mano derecha, cuyos dedos tienen movilidad parcial. La cicatriz es casi inapreciable, pero sí: tuvieron que coserle los dedos. De chaval.

—¿Esto es de cuando trabajó como ruso?

—No, más bien de antes de huir a Santander, adonde mis tíos.

—¿Cómo así?

—La cagué —silencio—. Maté a un tipo y tuve que huir.

Un crimen por el que nunca fue condenado. Nunca la familia del asesinado reclamaría. Ni se buscó el cadáver.

—Me pusieron café en las manos llenas de sangre y mi mamá limpió el reguero por el camino, toda la noche, gota a gota. Me llevaron al hospital y me cosieron la mano.

—Mató a uno echado a perder, que vendía droga y consumía de manera descontrolada —apunta Dora—. Un chirrete.

—Le decíamos El Burra. Había pegado a un amigo mío conocido como El Botas. Me lo contó y le dije que nos íbamos a vengar. Esa noche fui donde El Burra, disque a comprar bichas para el bazuco—las papeletas donde se empaca la droga, en este caso, un derivado de la cocaína— y al llegar a la quebrada, junto al arroyo, le di dos cuchilladas. Se revolvió y me cortó. Cayó unos metros… y bajé y le rematé. Luego desaparecí como año y medio.

Siguió un relato muy intenso, acerca de cómo, en aquellos tiempos, soportaría todo tipo de humillaciones donde sus tíos, lejos de Bogotá.

—A los 14 años, era un niño que no valía para nada. Manicruzado. Y tenía que andar escondido. Intenté quitarme la vida con una escopeta.

Fue entonces cuando decidió volver a Ciudad Bolívar.

—Aunque me pudieran coger.

El Mosco regresó y se reformaría con ayuda de sus padres, que vivían donde él ahora. Retomó su relación con Dora, de quien ya era novio cuando salió para Santander. Y fue papá a los 17 años.

—De Alejandra. Luego, con 21 años fui parte de un equipo local y soñé con ser futbolista profesional.

Sin ayuda, sin recursos, trabajaría de conductor de bus y hace unos años pondría su propio negocio… que salió mal. Desde hace cinco años, conduce un taxi.

—¿Qué fue de los coqueros?

—De aquella pandilla, nada. Fueron años muy duros.

Según cuentan, acabaron matándose entre ellos durante el tiempo que El Mosco estuvo en Santander. Esos chavales mayores que le hacían guardar los revólveres y le pagaban de pronto con una cadena de oro. La familia del asesinado, que vive a unas casas, nunca pidió revancha. Ni tiene malas palabras. Quizá por alivio y una mezcla entre temor y respeto a El Mosco.

✺✺✺

Hoy en San Francisco Sauces hay mucho más que droga y delincuencia. Hay grupos culturales. Y jóvenes deportistas. Y hay mucha gente trabajadora. Uno sale a las 4:30am y es un hervidero. La gente se colabora. Se ve cómo alistan a los niños, o se ocupan de los almuerzos, o ponen rumbo hasta el trabajo, en muchos casos, a hora y media. Aunque tengan menos policías al mes que los que hay en una sola estación de Transmilenio cualquier día. Y a pesar de que no tienen ni una sola cancha en condiciones. Y ni un solo parque. Y aunque toque bromear con que, comparado con los agujeros en las calles de Bogotá, aquí hay auténticos cráteres.

El suyo es un estado de las cosas extraño. El de una ciudad sin ley. En una Ciudad Bolívar ubicada en el corazón de Colombia y, sin embargo, dejada a su suerte. Donde pase lo que pase, parece que no importa. Pero donde la gente sorprende.

El Mosco con su mujer y los dos hijos menores

El Mosco con su mujer y los dos hijos menores / M. B.

En cuanto a El Mosco, han pasado muchos años. Bastantes más que la edad que tenía cuando cometió el crimen. Verdugo y víctima a la vez, sin infancia. Ahora el tipo, como dicen aquí, es un man bien, un buen tipo. Padre de familia. Trabajador. Y su preocupación es que el pequeño Jhonattan no repita su historia.

- – - – - – - – - – - – - – - – - – - – - – - -

Aquí concluye la crónica. Publicada inicialmente en la revista TIEMPO de España (versión web / artículo íntegro en KioskoyMás) y reproducido por Cerosetenta, la revista del Centro de Estudios en Periodismo (CEPER) de la Universidad de los Andes, donde estuve dos meses como profesor visitante.

Tags: ,

Un comentario

Deja un comentario